Cada instante infinito

Puedo mantener los brazos abiertos al viento y dejar que esta tierna tarde de abril me ignore. Puedo dejar caer el suave cristal de este vaso hasta que el piso reclame esparcir su esencia en diminutas secciones. O acariciar el cabello liso y rubio del pequeño niño en el vagón; y permitir la suave coincidencia de ver de nuevo esa camisa de rayas naranja. Un rato a solas para enmudecer la grave voz de la realidad, permitirme el desvarío de vivir como en un sueño y entrar de nuevo a la vida por este pequeño e incómodo embudo.

Minúscula ficción

Siempre atraída por lo mínimo, por los menudos dactilares, las diminutas gotas de lluvia, la minúscula ficción, esa cuota de inspiración que le regala generoso el mar. Amante de lo ínfimo, de los días diminutos, de las manos pequeñas, lo agudo de la voz, la lucha microscópica, su íntimo conflicto contra sus propias grietas, contra el vértigo de asomarse tras las blancas cortinas ondeantes que apenas dejan ver su silueta, contra el aire que estrangula cuando no llegan las letras. Y es que la historia de un texto es como una mano que palpa las finas e invisibles líneas que separan ambos mundos, como ojos parpadeantes que al cerrarse un instante aproximan las fronteras; pues en la ficción la distancia no es nada, sólo este mínimo espacio entre los caracteres.

Escombros

El canal se ha llenado de escombros, de residuos, de basura acumulada que se niega a correr con el agua que ha dejado caer el magnánimo cielo. Son ruinas de frases dichas en tantos momentos incómodos; ese gastado hilo invisible delgadísimo que se ha roto en más de una sección. Es la lengua adormecida y todas sus criaturas entregadas a travesuras salvajes. El hacha clavada en el abrevadero como muda y tensa amenaza y las líneas monocromáticas del palique taciturno que ha llenado el caudal de escombros.